
Marc Jacobs sentenció que “la celebridad ya no es interesante. Es aburrida”. Por eso no invitó a estrellas a su defile y varios otros diseñadores lo imitaron. En contrapartida, las mellizas Olsen y Victoria Beckham presentaron sus propias colecciones.
La fashion week de Nueva York, donde más de un centenar de diseñadores
estadounidenses presentó sus colecciones de otoño 2010,
comenzó con la triste noticia del suicidio de Alexander McQueen.
Blackberrys y iPhones comenzaron inmediatamente a sonar; mensajes de texto
fueron enviados; tweets subidos; páginas de Facebook actualizadas,
y en la primera fila de los desfiles cayó de pronto una nube fúnebre
que pareció quedar en perfecto acuerdo con la decisión de
los diseñadores de regresar al negro como tono básico para
la temporada.
Anna Wintour observó de pronto encenderse la pantalla de su celular,
su rostro se volvió rígido al leer la noticia, y salió
corriendo rumbo al auto que la esperaba a la salida de Bryant Park. La
mujer más poderosa de la moda internacional es, por lo mismo, la
viuda más importante de McQueen. Pero no la única. Las vendedoras
de su tienda en el Meatpacking District cubrieron las vitrinas con papel
blanco, mientras decenas de clientas instalaban flores en la vereda.
Aparte de una Olsen por ahí o una Sevigny por allá, esta
fue una fashion week casi despojada de fama. “La celebridad ya no
es interesante. Es aburrida”, sentenció Marc Jacobs, que
hasta hace seis meses solía convertir la primera fila de sus desfiles
en una suculenta alfombra roja. ¿Y este año? nada. ¿Madonna?
No. ¿Kirsten Dunst? Tampoco. ¿Ni siquiera Sophia Coppola?
Uh, uh.
Junto a las pieles, las botas y el negro, la ausencia de estrellas fue
la tendencia más visible de la semana.
“The New York Times” dio una perspectiva histórica
al asunto, diciendo que desde que Paris Hilton y su chihuahua aparecieron
en el “front row” hace casi una década, la primera
había perdido gran parte de su cachet. El espiral descendente se
hundió hasta alarmantes profundidades esta temporada, con rumores
que aseguraban que miembros del elenco de “Jersey Shore”,
el “reality” más popular y vulgar de MTV, terminarían
quizás, horror de horrores, sentados junto a la Wintour en algunos
desfiles.
A primera vista la idea suena ridícula, pero no hay que olvidar
que la temporada pasada Ashley Dupré, la prostituta que provocó
la caída del gobernador de Nueva York, Elliot Spitzer, ocupó
una de las apetecidas sillas en la primera fila de Bryant Park. Después
de eso, todo es posible.
Carolina Herrera, por el contrario, no permitiría jamás
que celebridades indeseables aparezcan en su ultrachic show. Es demasiado
elegante para vender su alma a cambio de una portada. Eso no significa,
sin embargo, que la diseñadora venezolana no sepa crear una buena
mezcla. Durante su fabuloso desfile, sin duda uno de los mejores de la
semana, Lee Radziwill se sentó a un costado de la pasarela y Susana
Giménez al otro, ambas unidas en suspiros de admiración
por los diseños de Carolina.
En esta oportunidad la creadora decidió mirarse al espejo y, abandonando
cualquier intención de dar un falso rejuvenecimiento a su marca,
buscó inspiración en su propio estilo y refinamiento. Perfectos
trajes de lana y tweed, lujosos cuellos de piel, delicados vestidos de
cocktail y magníficos de noche con bordados de flores o voluminosas
mangas, parecieron haber sido diseñados para terminar colgados
a pocas cuadras de distancia, en algún enorme armario de Park Avenue.
La exquisita moderación de esta muestra se repitió luego
en Michael Kors, Donna Karan, y la chilena María Cornejo que, dicho
sea de paso, tuvo a Bono presente en su desfile.
Jason Wu, uno de los diseñadores favoritos de Michelle Obama, se
inspiró en las fotografías del recientemente fallecido Irving
Penn para su otoño 2010, y aunque el esfuerzo es admirable, sus
resultados fueron, según los críticos, mediocres. “Wu
no tiene la experiencia ni el talento para esa tarea”, dejó
caer su guillotina Cathy Horyn, la influyente y deslenguada crítica
de “The New York Times”.
Ralph Lauren presentó, como siempre, una colección bonita,
elegante y algo nostálgica, pero en esta oportunidad sus diseños
se alejaron de cualquier riesgo y –con una serie de impecables sweaters
y gorros de cashmere negros, enormes cinturones de cuero, botas de piel,
pantalones de montar y delicados vestidos de chiffon y organza sobre camisolas
de encaje– prefirió mantenerse en el lado más seguro,
y quizás más comercial, del “bohemian chic”.
Calvin Klein y Marc Jacobs fueron los principales impulsores de la nueva
silueta americana, una “A”; un simple trapecio expresado en
abrigos y faldas en gris, negro o marengo, que sirve como perfecto espejo
del espíritu sobrio y poco ostentoso que vive, o debería
vivir, gran parte del país.
La semana cerró con Tommy Hilfiger, el último desfile presentado
en Bryant Park después de una década de colecciones en ese
sitio. La próxima temporada la fashion week se traslada al Lincoln
Center.
Hilfiger, que agradeció a los organizadores mientras la voz de
Alicia Keys estallaba por los parlantes cantando “Empire State of
New York”, continuó con las profundas y exitosas transformaciones
que está viviendo su empresa. Sin ocultarlo, pero sin hacer alarde
tampoco, esta colección contó con la colaboración
del diseñador Peter Som y fue, de acuerdo a la crítica,
una de las más brillantes que la marca haya mostrado en el último
tiempo. Desde perfectos abrigos de mohair a shorts de cuero color chocolate
combinados con deliciosos tops en chartreuse de seda morada, la pasarela
se llenó de nuevos y tentadores “basics”.
Si creativamente la estrategia es atractiva, comercialmente resulta irresistible.
Despojadas de sus privilegiados asientos en los desfiles, un puñado
de celebridades decidió probar suerte al otro lado del mundo de
la moda presentando sus propias colecciones. Algunas tuvieron más
suerte que otras. Las mellizas Olsen organizaron un pequeño y discreto
show con su línea “The Row”, obteniendo excelentes
comentarios, y algo parecido sucedió con Justin Timberlake y su
marca “William Rast”. Victoria Beckham, en cambio, arrancó
más que nada risas con su colección de ceñidos y
ultrasexy vestidos que, según una columnista, “parecían
sacados de una vieja película de Hollywood, sin alteración”.
Madonna anunció que lanzaría su propia colección
de ropa con “Macy’s” y el mundo pudo respirar tranquilo,
porque nada combina mejor con un par de jeans de J.Lo y botas de Jessica
Simpson que un top de Madonna.
¿Y las fiestas? Aquí van. Hubo miles y de todo tipo. Katie
Holmes llegó a Nueva York para inaugurar la nueva tienda masculina
de Hermés, mientras Chanel trasladó en primera clase a Vanessa
Paradis y una veintena de periodistas europeos, los instaló en
suites del lujoso Mark Hotel, y luego los llevó a una exclusiva
comida y fiesta para celebrar el lanzamiento de un... lipstick.
Armani recibió a Scorsese y Di Caprio en su tienda de la Quinta
Avenida. La revista “Interview” celebró sus cuarenta
años en el sótano del Hudson Hotel, que esta temporada reemplazó
a Boom, Boom, Boom como el club más apetecido por los fashionistas
en Nueva York. Diane von Furstenberg bebió champaña; Marc
Jacobs, sano como pocos, bebió jugo de pasto, y nadie sabe qué
bebió Agyness Deyn que se cayó dos veces en la pasarela
durante el mismo desfile.

fuente: cosas.com






















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